La felicidad es consecuencia de un esfuerzo personal. Luchas para conseguirla, te la trabajas, insistes en encontrarla y hasta viajas por el mundo buscándola. Participas incansablemente en la manifestación de tus propios dones.
Pero, cuando alcances la felicidad, tienes que luchar a brazo partido para mantenerla, procurando nadar siempre a favor de corriente en el río de tu felicidad, para mantenerte a flote. Si no lo haces, perderás tu alegría innata. Rezar es bastante fácil cuando estás triste, pero seguir rezando después de una crisis nos sirve para afianzar los logros espirituales.
Y cuando alcancemos la felicidad tratemos de memorizar esa sensación, como lo que siempre quisiéramos tener, es como meter la felicidad en la caja de seguridad de un banco, protegida como una especie de seguro que me ampara de las futuras vicisitudes de la vida.
Una idea muy simple: el sufrimiento y los problemas de este mundo los producen las personas infelices. Y no sólo al nivel monumental de Hitler y Stalin, sino en las pequeñas dosis individuales de cada uno. Por ejemplo, yo sé perfectamente cuáles han sido los tramos infelices de mi vida que han producido sufrimiento, pena o (en el mejor de los casos) molestias a las personas que me rodean. Por tanto, no buscamos la felicidad sólo por nuestro propio bien y para poder seguir vivos, sino que es un generoso regalo que hacemos al mundo. Si te limpias por dentro para librarte del sufrimiento, es como si te quitaras de en medio. Dejas de ser un obstáculo, no sólo para ti mismo, sino para todos los demás. Sólo entonces estarás libre para poder servir a otros y disfrutar de ellos.

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